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Marcelo Lira: volar la Antártica no es un trabajo, es una forma de vida

  • hace 22 horas
  • 5 min de lectura

Actualizado: hace 16 horas

Por Marcelo Lira


Helicóptero de DAP Helicópteros sobrevolando un iceberg en la Antártica
Vuelo Antártíco

Crecí en Requínoa, en el campo. De niño, un helicóptero aterrizó cerca de donde estaba y ese momento quedó grabado para siempre en mi memoria. Desde entonces supe que algún día estaría al mando de una de esas máquinas.

Lo que vino después fue una carrera construida vuelo a vuelo, misión a misión, en los lugares más exigentes de Chile. Ingresé a Carabineros, desarrollé una vocación de servicio en rescates, evacuaciones y traslados en zonas de difícil acceso, y entre 1998 y 2002 fui jefe de la Sección Aeropolicial de Punta Arenas. En 2003, DAP Helicópteros me llamó para hacerme cargo de un nuevo proyecto en la Patagonia y la Antártica. Acepté. Casi veinticinco años después, sigo volando.




El accidente


El 22 de diciembre de 2018, tres días antes de Navidad, mi helicóptero cayó al mar cerca de isla Picton.

La aeronave quedó invertida. Estaba solo, dentro de la cabina, a siete metros de profundidad.

En una emergencia de esa magnitud no hay tiempo para el pánico. El entrenamiento toma el control. Mi única preocupación era mantener el helicóptero bajo control hasta el último instante y hacer todo lo que estuviera a mi alcance para disminuir las consecuencias del impacto. Cuando la cabina entró al agua y comenzó a hundirse, apliqué los procedimientos que había practicado cientos de veces para escapar de una aeronave sumergida.

Mientras buscaba la salida bajo el agua, pensé en mi señora, en mis hijos. Me aferré a mi fe. Y nadé hacia arriba.

Cuando salí a la superficie y respiré de nuevo, entendí que había recibido una segunda oportunidad.

"A partir de ese día cambió mi forma de mirar la vida. Aprendí a valorar aún más a mi familia, a disfrutar los pequeños momentos y a entender que ningún vuelo, por rutinario que parezca, debe enfrentarse con exceso de confianza."

Volví a volar. No porque el accidente no me hubiera marcado, sino exactamente por eso. Volví porque entendí que no podía permitir que el peor momento de mi carrera definiera todo lo que había construido durante décadas. Cada vez que despego siento el mismo privilegio que sentí de niño en el campo de Requínoa. Esa ilusión nunca desapareció. Hoy tiene un significado más profundo.


Atardecer sobre el Mar de Ross, Antártica
Atardecer Antártico

La decisión sobre el Mar de Ross


Entre todas las operaciones que he realizado en la Antártica, instalación de bases científicas, apoyo a expediciones y evacuaciones aeromédicas, hay una que recuerdo de manera distinta.

Navegábamos hacia la barrera de hielo del Mar de Ross cuando una pasajera sufrió un accidente cerebrovascular. El centro médico más cercano era la Base McMurdo de Estados Unidos, a 185 millas náuticas. Aproximadamente 350 kilómetros sobre el océano antártico.

Evaluamos la situación. Tomamos la decisión. Volé los 350 kilómetros, dejé a la pasajera bajo atención médica especializada y regresé al barco. Desde Nueva Zelanda despacharon un avión a buscarla.

Tiempo después llegó una carta. Me contaba que se había recuperado favorablemente y que la rapidez de la evacuación había sido fundamental para reducir las secuelas neurológicas.

"Los pilotos solemos hablar de horas de vuelo, de maniobras o de desafíos operacionales. Pero hay momentos que trascienden todo eso. Saber que una decisión oportuna y un trabajo bien realizado contribuyeron a salvar una vida es, sin duda, una de las mayores satisfacciones que puede recibir un piloto."



Lo que cambia cada año


He volado todo Chile de norte a sur. Conozco la diferencia entre territorios. Y la Antártica tiene algo que ningún otro lugar tiene: cambia. Todos los años.

No es solo un inmenso paisaje blanco, como muchos imaginan. Es un territorio lleno de contrastes: montañas imponentes, glaciares de formas increíbles, enormes paredes de hielo, mares abiertos y una luz que cambia constantemente.

Se fracturan témpanos. El hielo aparece donde antes no había y desaparece donde siempre estuvo. Incluso volando sobre zonas conocidas, aparece algo nuevo que no había visto antes. Después de casi veinticinco años, sigo mirando por la ventana del helicóptero con la misma emoción que la primera vez.

Desde la cabina también aprendo a leer señales que no están en ningún manual. El comportamiento de las nubes, la dirección del viento, la luz sobre el relieve, el movimiento de la nieve. Pequeños detalles que solo la experiencia permite interpretar y que muchas veces marcan la diferencia entre una buena decisión y una mala. La tecnología ayuda, con GPS, sistemas de navegación modernos y mejores comunicaciones en los barcos donde opero. Pero al final del día, ninguna pantalla reemplaza el criterio del piloto.



Lo que veo desde arriba


He sobrevolado los Valles Secos de McMurdo, donde los glaciares no llegan al mar sino que terminan sobre tierra. He volado sobre el monte Erebus, el volcán activo más austral del planeta. He pasado sobre las históricas cabañas de Shackleton y Scott en el Mar de Ross, y sobre la isla Elefante, donde fue rescatada la expedición de Shackleton por el escampavía chileno Yelcho al mando del piloto Luis Pardo. Lugares que muy pocas personas en el mundo han visto desde el aire.

Mientras los pasajeros contemplan el paisaje, mi atención está en otra parte: leyendo el viento, observando las nubes, anticipando cómo pueden cambiar las condiciones. Cuando veo orcas o ballenas, siempre aviso para que puedan disfrutarlo. Y siempre diseño cada vuelo para que los pasajeros no solo lleguen a un destino, sino que vivan algo que recuerden para toda la vida.

El 99,9 por ciento de los pasajeros desciende con una sonrisa enorme. Han vivido algo único.



El territorio que hay que cuidar


Después de casi veinticinco años, veo la Antártica con una mirada que muy pocos tienen. Y eso incluye lo que me preocupa.

Estamos entrando en un territorio único y frágil. Debemos disfrutarlo siempre con respeto, cuidando su naturaleza y entendiendo el privilegio que significa estar allí.

Eso no es un slogan para mí. Es parte de cómo opero. Cada vuelo se planifica respetando los ecosistemas. Durante el trayecto comparto con los pasajeros lo que sé sobre el territorio, su historia, su fauna, su fragilidad. Porque conocer bien algo es la primera

condición para cuidarlo.



Bienvenidos a bordo


Antes de cada vuelo les digo a mis pasajeros:

"Bienvenidos a bordo. Prepárense, porque vamos a conocer uno de los lugares más extraordinarios del planeta. Tengan sus cámaras listas, pero también tómense el tiempo de mirar y disfrutar, porque hay momentos que ninguna fotografía logra transmitir completamente."

Después de tantos años, sigo creyendo que cada pasajero que baja del helicóptero se lleva algo más que una imagen hermosa. Se lleva una sensación, una emoción y un recuerdo que probablemente lo acompañará durante toda su vida.

Ese es, finalmente, uno de los mayores regalos que me ha entregado esta profesión.




Marcelo Lira, piloto de DAP Helicópteros, a bordo de un crucero de expedición
Antártica

Marcelo Lira

Piloto Comercial de Helicópteros

Jefe de Base Operaciones de Dap helicópteros



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